Los héroes que nos dieron patria
Los indígenas en la Independencia:
otros enfoques de la heroicidad


Andrés Ortiz Garay[*]



Para finalizar el tema abordado en el artículo anterior, aquí se presentan algunos ejemplos de la actuación de los pueblos indígenas en la guerra de Independencia. Además, en esta última entrega de la serie, el autor formula una conclusión general que llama al lector a profundizar en el estudio de este periodo fundacional de la historia de México.




c Los héroes que nos dieron patria Los indígenas en la Independencia: otros enfoques de la heroicidad

Eduardo Galeano dedicó una de las breves pero fructuosas semblanzas que integran su epopeya titulada Memoria del fuego a un hombre de incierto nombre que se echó a la espalda, robusta y aguantadora como de minero era la suya, una losa que al protegerle de las balas de sus atacantes le permitió llegar hasta la puerta de la fortaleza enemiga (la Alhóndiga de Granaditas), prenderle fuego y así franquear el paso a los sitiadores. De ese retrato pintado con palabras por Galeano rescato: “Dicen que el Pípila se llama Juan José Martínez y dicen que tiene otros nombres, todos los nombres de los indios que en los socavones de Guanajuato son o han sido” (1984, 123).

Como indica Galeano, bajo la perspectiva patronímica al nombrar, muchos fueron esos nombres de los indios del socavón (y de los del arado y los bosques, los de la arriería, la albañilería, así como los de ellas en las cocinas, en las faenas diarias…), pero si más bien ponemos atención al apodo que parece ser Pípila, es posible discernir otra manera de plasmar los nombres de los héroes. Resulta que, aun cuando en el español del México rural el término pípila designa comúnmente a la hembra del ave que llamamos guajolote, también podemos pensar que aplicado a aquel minero convertido en héroe durante la toma de Granaditas, pípila podría ser una variante del término pilli,[1] con el que se designaba a las personas de origen noble en las antiguas sociedades nahuahablantes del México central. La reduplicación de la sílaba abierta inicial es un recurso gramatical de este idioma para construir un plural que no sólo es agregativo, sino que además implica la idea de una colectividad (pili en singular, pipiltin en plural). Pípila entrañaría entonces, desde luego considerando su adaptación al español, un significado cercano a ‘perteneciente a la nobleza’. Y como al igual que en otras sociedades precapitalistas, en la nahua los méritos del guerrero podían elevar su estima y consideración en la jerarquía social, tal vez deberíamos entender que pípila fue una designación que los numerosos indios hablantes de náhuatl que formaron el ejército de Hidalgo daban a aquellos de los suyos distinguidos por su valor en el combate; así, como en cierta manera da a entender Galeano, no hubo sólo un pípila, sino muchos. Cerca de un mes después, otra victoria insurgente se logró gracias a la valentía, la nobleza, de esos otros muchos. En la serranía que separa los valles de México y Toluca, el 30 de octubre de 1810, las huestes de Hidalgo y Allende se enfrentan por primera vez a un nutrido cañoneo. Allí, sin losas a la espalda como parapeto móvil, no fueron pocos los indios que utilizaron con similar intención sus pechos al arrojarse sobre las bocas humeantes de los cañones enemigos. Y aunque lo que siguió a la llamada batalla del Monte de las Cruces aún continúa siendo objeto de polémica, aquí sólo destaco una idea: ¿habrán temido los caudillos de esas huestes dispuestas, ya sin mayores obstáculos, a lanzarse sobre la ciudad de México, que los pípilas, al ocupar la antigua capital de sus ancestros, se convirtieran en renovados tlatoanis?


Pípila fue una designación que los numerosos indios hablantes de náhuatl que formaron el ejército de Hidalgo daban a aquellos de los suyos distinguidos por su valor en el combate


En la serranía que separa los valles de México y Toluca, el 30 de octubre de 1810, las huestes de Hidalgo y Allende se enfrentan por primera vez a un nutrido cañoneo / M. Pujadas, Batalla del Monte de las Cruces, siglo XIX


c De un lado y del otro

Tras las decisivas derrotas sufridas en Aculco y Puente de Calderón, el mermado y escindido ejército insurgente llegó a Saltillo en marzo de 1811 para recomponer su marcha al norte, hacia Texas, donde los jefes esperaban encontrar el apoyo de la ya más próxima república de los Estados Unidos. El cura Miguel Hidalgo, defenestrado de su cargo como generalísimo, marchaba con ellos más cercano a la calidad de prisionero que de compañero, pero todavía se le otorgaban ciertas consideraciones y no dejaba de reconocérsele como sacerdote y buen orador. Basándose en la memoria escrita por Pedro García, Con el cura Hidalgo en la guerra de independencia (varias ediciones), Enrique Krauze relata que Hidalgo se entusiasmó mucho cuando llegaron a Saltillo las tropas de un par de capitanes –Menchaca y Colorado– y vio entre ellas a indios comanches ataviados con sus ropas de cuero de bisonte y sus peculiares ornamentos corporales. Se animó entonces el cura a pronunciar un sermón ante los recién llegados en el que buscó explicar los vínculos entre criollos e indígenas como producto del sometimiento de ambos al dominio español:

…por su medio les dijo que venía del interior, de hacer la guerra a los españoles para arrancar de sus manos un país que no les pertenecía y que con crueldades y tiranías lo habían poseído por mucho tiempo con grave perjuicio de los naturales, hijos de la nación; que sus antepasados los indios, sin advertirlo, habían obrado de un modo heroico, pues cuando ya no pudieron hacerles la guerra con alguna esperanza a los conquistadores, se decidieron a internarse a las montañas primero que sufrir la humillación (citado en Krauze, 2004, 31-32).

Hidalgo no podía saber que ésa sería su última homilía, aunque seguramente sí habrá reflexionado que la dirigía a unos indios muy diferentes de los que acudían a sus misas en el curato de Dolores. Pocos días después, el desastre alcanzó a los primeros “héroes que nos dieron patria” en Acatita de Baján. Allí, otros indios, apaches lipanes y mescaleros, a quienes los criollos del sur no distinguían de los comanches, pues ante sus ojos todos eran similarmente “indios bárbaros”,[2] destrozaron la vanguardia de la fuerza comandada por Allende, Aldama y Jiménez, y sellaron así la suerte de la primera gran insurrección contra el gobierno colonial.

Por falta de mayores detalles, esta escueta mención sobre la participación de indios nómadas del norte en aquel importante episodio de la guerra de Independencia podría rayar en lo puramente anecdótico, pero aquí sirve como ejemplo de que esa participación, con harta frecuencia se vinculaba a situaciones económicas y políticas mucho más determinadas por contextos locales o si acaso regionales, que a una visión de mayor envergadura que abarcara todo el virreinato. Por eso mismo, las transformaciones en las estructuras de poder y predominio en los niveles mencionados fue disparador principal (a la vez que delimitante) de esa participación, en vez de una clara motivación que buscase la independencia de España y la construcción de un nuevo Estado nacional.

La intervención de personajes sobresalientes en los niveles local y regional fue igualmente determinante en el alineamiento de muchas comunidades indígenas como partidarias u oponentes de la insurgencia. Esos personajes incluían tanto a las élites novohispanas (funcionarios del gobierno civil, comandantes militares, prelados de la Iglesia católica, junto con empresarios de haciendas, minas, ranchos, comercios, etc.), como a los propios dirigentes de las élites nativas. Asimismo, esas comunidades indígenas podrían abarcar desde las repúblicas de indios y las multivariadas agrupaciones cohesionadas por factores como pertenencia a una cofradía, un gremio, una entidad laboral (peones de hacienda o de minas, por ejemplo) hasta grupos más cercanos a las organizaciones sociales de tipo tribal como clanes y bandas (quizás en este caso más comunes en el septentrión de la Nueva España).

Los trasfondos económicos y políticos de las reivindicaciones indígenas se hallaban, prácticamente sin excepción, recubiertos por una expresión ideológica relacionada con múltiples manifestaciones de la religiosidad popular que los hace difícilmente discernibles para el historiador. Por ello, los aspectos culturales y étnicos (incluyendo redes de parentesco y amistad, formatos del liderazgo, religiosidad, etc.) sobresalen más decisoriamente que las causas atribuibles a razones económicas y políticas tal como hoy las entendemos.

Así, un corolario acerca de la participación de los indígenas en la guerra de Independencia es que ésta no se dio bajo la forma de un homogéneo apoyo total de esa población –en aquel entonces mayoritaria– a la insurgencia. Hubo quienes combatieron a favor o de algún otro modo apoyaron de manera decidida a un bando o al otro,[3] así como hubo quienes cambiaron esporádica o continuamente de filiación y seguramente muchos que trataron de mantenerse al margen de la violencia desatada por la guerra.


Un corolario acerca de la participación de los indígenas en la guerra de Independencia es que ésta no se dio bajo la forma de un homogéneo apoyo total de esa población –en aquel entonces mayoritaria– a la insurgencia


c Mezcala: un ejemplo

Mezcala es un pueblo ubicado en la orilla norte del lago de Chapala, en el municipio jalisciense de Poncitlán, que en la actualidad tiene unos cuatro mil habitantes. Entre 1812 y 1816, varias poblaciones indígenas de esa zona del lago presentaron una enconada resistencia a los embates de las tropas realistas teniendo como baluarte la isla homónima que se halla justo enfrente del pueblo. Alrededor de un millar de indios mal armados no sólo resistieron los ataques de fuertes contingentes realistas, sino que pusieron en jaque a las autoridades de la región al realizar frecuentes incursiones desde la isla hasta los pueblos ribereños de la zona.


Mezcala es un pueblo ubicado en la orilla norte del lago de Chapala, en el municipio jalisciense de Poncitlán. Entre 1812 y 1816, varias poblaciones
indígenas de esa zona del lago presentaron una enconada resistencia a los embates de las tropas realistas teniendo como baluarte la isla homónima que
se halla justo enfrente del pueblo / Plano del Lago de Chapala, 1911, Guía de Viajero Terry


El levantamiento de Hidalgo y Allende contó con mucho apoyo entre la población campesina de la intendencia de Guadalajara, tanto así que, en noviembre de 1811, José Antonio El amo Torres ocupó esa ciudad haciendo posible la reunión entre Hidalgo y Allende, a quienes se había sumado un gran contingente que enfrentó al ejército del general Félix Calleja en Puente de Calderón en enero de 1811. El desastroso desenlace de esa batalla para los insurgentes es bien conocido, pero quizá lo es menos que los mandos militares a cargo de pacificar la intendencia, entre ellos José de la Cruz y Pedro Celestino Negrete, implantaron de inmediato en esa región una dura política represiva que pretendía acabar completamente con cualquier atisbo de desobediencia a los dictados del gobierno colonial. Tras algunas escaramuzas, la respuesta de los insurrectos locales, en su mayoría gente de Mezcala, Itzicán y Tlachichilco, fue embarcarse en sus canoas y parapetarse en la isla. Así, desde octubre de 1812, los nombres de José Santana, Encarnación Rosas y el cura Marcos Castellanos destacan como dirigentes principales –o más conocidos– de una enorme gesta épica carente de los nombres de los otros muchos pillis –según lo expresado arriba– que la hicieron posible. Digo enorme no sólo por sus largos cuatro años de duración o por la desigualdad de las fuerzas enfrentadas,[4] sino además por el desenlace del sitio de Mezcala. A cambio de deponer las armas y entregar su reducto en la isla, los indios insurgentes obtuvieron libertad para repoblar y reconstruir los pueblos ribereños que habían sido arrasados, la suspensión del pago de tributos y aranceles, la restitución del cura Castellanos en su parroquia y el nombramiento de Santana como gobernador indígena de los pueblos insurrectos con el grado de teniente coronel.


En noviembre de 1811, José Antonio El amo Torres ocupó Guadalajara haciendo posible la reunión entre Hidalgo y Allende, a quienes se había sumado un gran contingente que enfrentó al ejército del general Félix Calleja en Puente de Calderón en enero de 1811


De entre las acciones militares denominadas sitio para referirse a un cerco bien establecido para atrapar al enemigo, el de Cuautla es seguramente el más famoso de los varios sitios acontecidos durante la guerra de Independencia. Morelos y sus generales lograron romperlo a costa de abandonar el territorio en disputa; la capacidad estratégica de Mier y Terán no le alcanzó para quedar en posesión de la región de Tehuacán cuando allí fue sitiado, como tampoco a Ignacio López Rayón en Zitácuaro ni a su hermano Ramón en la fortaleza de Cóporo; otro tanto ocurrió con Francisco Xavier Mina, quien, acompañado por soldados que habían luchado en las recias guerras napoleónicas, no logró mantenerse en el Fuerte del Sombrero y terminó por ser capturado y fusilado. En cambio, los indios insurgentes del lago de Chapala nunca fueron derrotados y su deposición de la resistencia armada sembró una semilla que hasta hoy rinde importantes frutos; a pesar de que las conmemoraciones oficialistas pasan por alto esta hazaña.[5]


De entre las acciones militares denominadas sitio para referirse a un cerco bien establecido para atrapar al enemigo, el de Cuautla es seguramente el más famoso de los varios sitios acontecidos durante la guerra de Independencia


c Conclusión

La consecución de la Independencia tras la larga guerra de once años fue sin duda el acto fundacional que condujo a la existencia del Estado nacional mexicano. Quizá por eso mismo, los personajes que jugaron papeles de importancia en los acontecimientos de ese periodo han alcanzado en el imaginario histórico una relevancia posiblemente más significativa que los de cualquier otra etapa de nuestra historia. A partir de 1821, varios aparatos estatales y otras instancias de la sociedad nacional con intereses similares pusieron en marcha los mecanismos ideológicos y retóricos necesarios para construir y difundir una exégesis de la independencia que terminaba legitimando más bien al propio Estado.

Al poner en el centro de esa interpretación la lucha contra un supuestamente insoportable despotismo español a la que se sumó un pueblo mexicano homogéneo (representado muchas veces bajo la figura del mestizaje), los historiadores-políticos y publicistas decimonónicos crearon imágenes sumamente parciales y deformadas tanto de los paladines de la insurgencia como de sus contrarios, los realistas defensores del régimen. A unos y otros se asignaron los roles de héroes y villanos sin discriminar a detalle lo que de real o ficticio hubiera en esa caracterización. Si bien es comprensible que esto fuera en cierta manera necesario para aportar a la consolidación del endeble Estado nacional de los primeros tres cuartos del siglo XIX, tal procedimiento, al alcanzar una posición hegemónica, terminó por transformarse en un sustrato inamovible, la historia de bronce, que más que interpretación histórica era composición mitológica sobre el origen.

Los rituales y ceremonias cívicas que convocaban –y convocan– a públicos masivos, el manejo de símbolos y obras artísticas relacionados con el concepto de patria, y la divulgación de los discursos plasmados en los textos de la mayoría de los historiadores decimonónicos (que, recordemos, no eran por lo general académicos, sino políticos y funcionarios abocados a la creación de aquella exégesis) lograron un fuerte arraigo en las mentalidades populares, contando con el apoyo del sistema de educación básica. Así, la imagen idílica y épica de “los héroes que nos dieron patria” se superpuso al ejercicio de un análisis cuyo objetivo debiera ser la plausibilidad histórica en vez del elogio mitificado. No es casualidad que varios de los estudios historiográficos que en tiempos recientes han llevado a cabo este último tipo de análisis sean obra de historiadores extranjeros (Eric Van Young, Brian Hamnett, John Tutino, David Brading, entre otros) que no tienen sobre ellos el peso de la pasión que despierta el nacionalismo (aunque es justo reconocer que también hay ya bastantes historiadores mexicanos –de ambos sexos– que han realizado trabajos sobresalientes).

El objetivo de la serie de artículos que aquí llega a su fin ha sido: por un lado, recordar la actuación de personajes generalmente categorizados como secundarios en la rígida jerarquización que la historia oficialista hace de los héroes insurgentes y que por lo tanto son relegados de las conmemoraciones públicas que se repiten inamovibles cada septiembre; por el otro lado, poner atención sobre la forma de evaluar la participación de otros actores en la gesta de la Independencia que no han merecido la categoría de héroes (ex realistas que después lucharon por la consolidación de México, rebeldes medio forajidos medio insurgentes, niños que alineados en las fuerzas insurgentes al volverse mayores apoyaron a la intervención francesa, etc.). Asimismo, se ha buscado señalar que la historia de bronce ha desconocido o marginado interpretaciones alternativas, por fuerza más amplias e incluyentes, que ofrezcan un lugar destacado a la participación de mujeres, niños, indígenas y otros sectores sociales en la Independencia.

De seguro aún falta mucho por hacer para que el aparato gubernamental mexicano se interese y se decida por introducir cambios significativos en las ceremonias dedicadas a conmemorar el grito de Dolores o la entrada del ejército insurgente en la Ciudad de México, pero si acaso en alguna escuela del país se empiezan a dar vivas en septiembre a los héroes y heroínas abordados en las páginas de esta serie, o en las clases de historia se habla sobre su existencia, ya habrá valido la pena escribirlas.

c Referencias

BASTOS Amigo, Santiago; y Oscar Muñoz Morán (2011). Los insurgentes de Mezcala (1812-1816). Recreación de un conflicto Bicentenario en México. Cuadernos de Marte, 2 (1), 247-280. https://eprints.ucm.es/id/eprint/12740/1/1_Bastos.pdf Ir al sitio

GALEANO, Eduardo (1984). Memoria del fuego. II. Las caras y las máscaras. Siglo Veintiuno Editores.

KRAUZE, Enrique (2002). Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910). Fábula Tusquets Editores.

Notas

* Antropólogo. Laboró en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional Indigenista y el Instituto Nacional de Ecología. Para Correo del Maestro escribió las series “El fluir de la historia”, “Batallas históricas”, “Palabras, libros, historias” y “Áreas naturales protegidas de México”.
  1. La pronunciación correcta es más bien /pili/ que /piyi/.
  2. De hecho, quizá tampoco lo hacían varios de los oficiales novohispanos que actuaban en el lejano norte. Simón de Herrera, un destacado militar que actuó en las Provincias Internas (el noreste del actual México más Texas) rindió un parte sobre la aprehensión de los primeros caudillos insurgentes en el que menciona que las fuerzas del traidor Elizondo iban encabezadas por “comanches mescaleros de la misión de Peyotes”. A todas luces una contradicción, ya que comanches y mescaleros (apaches) eran enemigos jurados.
  3. El asunto de la leva, esto es, el enrolamiento forzado en un ejército, es complicado. Aunque pueda resultar más lógico que el poder gubernamental tuvo –y tiene– más posibilidades de incorporar por la fuerza a hombres carentes de algún tipo de dispensa o defensa ante esa arbitrariedad, no es del todo descartable que los insurrectos también hayan ejercido –o ejerzan– presiones que en ciertos momentos y lugares han resultado similarmente insoslayables.
  4. Mil o algo más en el bando insurgente contra cerca de ocho mil realistas que llegaron a reunirse para establecer el cerco; milicianos indígenas mal armados, sin gran poder de fuego y comandadas por líderes sin previa experiencia, contra tropas bien abastecidas que, si no en su totalidad, sí eran algunas parte del ejército regular y tenían comandantes anteriormente fogueados (se dice que hasta un oficial francés fue apresado y ejecutado por los rebeldes); canoas rudimentarias contra lanchas artilladas.
  5. Para los notas sobre el sitio de Mezcala me he basado en Bastos y Muñoz (2011), cuya lectura es recomendable para quien se interese en las relaciones entre historiografía y memoria colectiva popular.
c Créditos fotográficos

- Imagen inicial: historiando.org

- Foto 1: www.facebook.com/cronicamunicipalcelaya/photos

- Foto 2: althistory.fandom.com

- Foto 3: archive.org

- Foto 4: www.michoacanhistorico.com/nuevos-planos-de-morelia-chapala-y-uruapan-de-1911

- Foto 5: twitter.com/INEHRM/status/1483100043708141569/photo/1

- Foto 6: www.gob.mx/agn/articulos/el-agnrecuerda-el-periodico-insurgente-ilustrador-nacional

CORREO del MAESTRO • núm. 322 • Marzo 2023